La Iglesia ha de retener ‘la forma de las sanas palabras’ (2 Ti. 1:13), contender ‘ardientemente por la fe que ha sido una vez dada a los santos’ (Jud. 3), y estar firme ‘en un mismo espíritu, combatiendo unánimes por la fe del evangelio’ (Fil. 1:27). En el cumplimiento de esta tarea, una confesión es una útil herramienta para distinguir la verdad del error y para presentar sucintamente las doctrinas centrales de la Biblia de forma íntegra y en las debidas proporciones.
En primer lugar, una formulación confesional es parte de la tarea pública de enseñanza de la Iglesia. Una confesión de fe es una definición pública para los que están fuera de nuestras iglesias de las cuestiones centrales de nuestra fe, un testimonio al mundo e la fe que sostenemos a diferencia de los demás.
En segundo lugar, una confesión de fe es un instrumento útil en la instrucción pública de la congregación. Una confesión es un tratado breve de teología que puede utilizarse para dar a nuestra congregación una amplia exposición a la verdad, así como una cerca contra el error. Facilita grandemente la promoción del conocimiento cristiano y una fe discriminadora entre el pueblo de Dios y otros que asisten al ministerio público de nuestras iglesias, siendo asimismo una ayuda útil para el pueblo de Dios en la instrucción de sus hijos. Además, una confesión de fe sirve como marco, dentro del cual nuestra congregación puede recibir con conocimiento la predicación de la Palabra, así como para alertarla contra lo novedoso y lo erróneo, dondequiera que lo confronte.
2. Una confesión sirve de norma pública de comunión y disciplina
La Biblia considera la iglesia local no como una unión de aquellos que han acordado diferir, sino un cuerpo caracterizado por la paz y la unidad. La Iglesia ha de ‘guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz’ (Ef. 4:3). Sus miembros han de ser ‘unánimes’, es decir, de un corazón, alma, espíritu, mente y voz (Ro. 15:5,6; 1 Co. 1:10; Fil. 1:27; 2:2). Una confesión ayuda a proteger la unidad de una iglesia y a preservar su paz. Sirve como base de comunión eclesiástica entre los que están tan casi de acuerdo como para poder andar y trabajar juntos en armonía. Congrega a los que sostienen una fe común y los une en una comunión.
Jesús dijo: ‘…toda… casa dividida contra sí misma, no permanecerá’ (Mt. 12:25). ¿Pueden los calvinistas, los arminianos, los pelagianos y los unitarios orar, trabajar, tener comunión y adorar juntos en paz y con provecho, mientras que cada uno sostiene y promueve sus propias nociones de la verdad? ¿Quién dirigirá el culto o predicará? ¿Pueden los que creen que Jesús es Dios orar con los que consideran ese culto una idolatría? ¿Pueden los que profesan ser justificados por la fe en Cristo solamente tener comunión con los que creen lo contrario? ¿Pueden sentarse juntos a la misma mesa sacramental? ¿Pueden los que creen en la inspiración verbal y plenaria compartir el púlpito con los que niegan esa doctrina? La única manera en que los que difieren en asuntos esenciales pueden habitar juntos en armonía es imponer una moratoria a la verdad; de lo contrario, convertirán ciertamente ‘la casa de Dios en una triste Babel’.
Como notamos anteriormente, todas las iglesias tienen un credo, ya sea escrito o entendido por sus miembros. Y todo hombre sabio, antes de unirse a una iglesia, deseará saber cuál es ese credo. Tiene derecho a saber lo que cree la iglesia y la iglesia tiene derecho a saber lo que él cree. Ahora bien, tener un credo no publicado como prueba de comunión es un desorden, por no decir una deshonestidad. Se deja que cada uno descubra el credo de la iglesia por sí mismo. Y la iglesia misma no tiene una manera fácil de discernir si los que solicitan la lista de miembros están en armonía con la fe común de sus miembros, puesto que lo esencial de su común fe no se particulariza en ningún lugar. Una confesión publicada facilita grandemente la evaluación de la posición doctrinal de la iglesia por parte de un posible miembro, y viceversa.
Una confesión de fe publicada provee también una norma doctrinal concisa para ser utilizada en la disciplina de la Iglesia. Hemos de fijarnos ‘en los que causan divisiones y tropiezos en contra de la doctrina que vosotros habéis aprendido, y que os apartéis de ellos’ (Ro. 16:17). Hemos de excluir a los que perturban la paz de la Iglesia mediante la falsa doctrina: ‘Al hombre que cause divisiones, después de una y otra amonestación, deséchalo’ (Tit. 3:10). Con objeto de cumplir su papel de guardar la pureza de su lista de miembros, la Iglesia debe tener una norma doctrinal, y esa norma debe publicarse abiertamente, pues los hombres tienen derecho a saber por qué particularidades serán juzgados. Requerir que la Iglesia ejerza disciplina contra el error doctrinal sin una confesión de fe publicada es requerir hacer ladrillos sin paja.
Nada menos que una confesión de fe satisface las demandas legítimas de una iglesia y sus miembros entre sí. Como observó James Bannerman: ‘Es el deber de la Iglesia… mediante una declaración formal y pública de su propia fe, dar a sus miembros la certeza de la ortodoxia de su profesión, y recibir la certeza de la de ellos.’
Una iglesia sin confesión de fe podría igualmente anunciar que está preparada para dar cabida a toda clase de herejía que lleva a la condenación y ser terreno para los que son dados a cultivar la cosecha de lo novedoso. Una iglesia sin confesión de fe tiene el equivalente teológico y eclesiástico del SIDA, sin inmunidad alguna contra los vientos infecciosos de la falsa doctrina.
Y lo que es cierto de la vida dentro de la iglesia local es también cierto de la comunión entre iglesias locales. ¿Qué iglesia, que valora la preservación de su propia pureza doctrinal, así como su propia paz y unidad, podría tener una comunión segura con otra entidad, sin saber nada de su posición en cuestiones de verdad y error? Sin una política o fe definidas, tal iglesia no confesional podría ser fuente de contaminación en lugar de edificación. Bajo tales circunstancias, no podríamos abrir nuestros púlpitos o fomentar la comunión entre las congregaciones con una conciencia limpia.
Antes de dejar el tema de los credos como normas de comunión y disciplina, hace falta decir una palabra por si algunos lectores sacan la conclusión de que esto significa que cada miembro debe tener opiniones avanzadas de la doctrina bíblica con objeto de obtener y mantener la lista de miembros en una iglesia confesional.
Nótese la observación de Andrew Fuller: ‘Si una comunidad religiosa acuerda especificar algunos principios importantes que consideran derivados de la Palabra de Dios, y juzga que creerlos es necesario para que cualquiera pueda llegar a ser o continuar siendo miembro de la misma, no se deduce que esos principios deban ser entendidos igualmente, o que todos los hermanos deban tener el mismo grado de conocimiento, ni tampoco que no deban entender ni creer ninguna otra cosa. Las posibilidades y capacidades de distintas personas son diferentes; una puede comprender más de la misma verdad que otra, y puede ampliar sus puntos de vista mediante una grandísima variedad de ideas afines; y, sin embargo, la sustancia de lo que creen pueden ser aún la misma. El objeto de los artículos [de fe] es distanciar no a los débiles en la fe sino a sus enemigos declarados.’
3. Un credo sirve de norma concisa mediante la cual evaluar a los ministros de la Palabra
Los ministros de la Palabra han de ser ‘hombres fieles’ (2 Ti. 2:2), retenedores ‘de la palabra fiel tal como ha sido enseñada, para que también pueda exhortar con sana enseñanza’ (Tit. 1:9). Hemos de estar en guardia contra los falsos profetas y apóstoles. Hemos de ‘probar los espíritus, si son de Dios’ (1 Jn. 4:1). No hemos de recibir a un hombre infiel en nuestros hogares o darle un saludo fraternal, para no ser partícipes de sus malas obras (2 Jn. 10).
No podemos obedecer estas amonestaciones recibiendo simplemente la confesión de que alguien cree la Biblia. Debemos saber lo que cree que la Biblia enseña acerca de las grandes cuestiones. Una confesión de fe hace relativamente fácil para la Iglesia inquirir acerca de la ortodoxia doctrinal de una persona en el amplio campo de la verdad bíblica. Sin una confesión de fe la evaluación que hace una iglesia de sus ministros es fortuita y superficial en el mejor de los casos; y la iglesia estará en gran peligro de imponer las manos a neófitos y herejes, todo porque no mide a los candidatos al ministerio por una norma amplia y profunda.
Y lo que es cierto en el reconocimiento que hace la Iglesia de sus ministros es doblemente cierto cuando reconoce a los profesores apartados para preparar hombres para el ministerio. No se puede sobrestimar el daño infligido a las iglesias por la negligencia al colocar hombres en la enseñanza teológica y darles la oportunidad de moldear las maleables mentes y almas de jóvenes candidatos al ministerio.
4. Las confesiones contribuyen a un sentido de continuidad histórica
¿Cómo sabemos que nosotros y nuestra congregación no somos una anomalía histórica, que no somos los únicos en la historia que han creído de esta manera? Nuestras confesiones nos atan a un precioso patrimonio de fe recibido del pasado y son un legado por el que podemos transmitir a nuestros hijos la fe de sus padres. Esto, desde luego, no es una cuestión secundaria. Un sentido de continuidad histórica contribuye grandemente a la estabilidad de una iglesia y al bienestar personal y espiritual de sus miembros.
CONCLUSIONES
1. El cristianismo moderno está inmerso en una inundación de relatividad doctrinal.
A Satanás y sus huestes les agrada la imprecisión y la ambigüedad que están rampantes en nuestro tiempo. Spurgeon observó: ‘El archienemigo de la verdad nos ha invitado a allanar nuestros muros y a eliminar nuestras ciudades amuralladas.’17 Nos preguntamos qué diría Spurgeon si viviera hoy y pudiera ver hasta qué punto ha avanzado el declive. Aquellos de nosotros que amamos estas antiguas normas tenemos el deber de contender ardientemente por la fe una vez dada a los santos. No deberíamos rendir nuestra confesiones sin luchar. Como dijo Spurgeon, hablando de la importancia de las confesiones: ‘Las armas que son ofensivas para nuestros enemigos no debería permitirse que se oxidaran.’Las grandes confesiones reformadas fueron forjadas en el yunque del conflicto por la fe y han ondeado como estandartes dondequiera que se ha librado la batalla por la verdad. Donde los hombres han abandonado estas declaraciones de la religión bíblica, donde las opiniones latitudinarias han reinado, la causa de Dios y la verdad ha sufrido grandemente.
Una reticencia a definir con precisión la fe que profesa creer es síntoma de que algo va terriblemente mal con una iglesia y su liderazgo. Es imposible que tal iglesia funcione como ‘columna y baluarte de la verdad’, pues no está dispuesta a definir o defender la verdad que profesa sostener. La realidad de la situación actual es que no son tanto las confesiones sino las iglesias las que están siendo probadas en nuestros días.
2. Periódicamente puede ser necesario revisar las grandes confesiones de fe. No deberíamos, sin embargo, revisarlas por cada capricho o con cada cambio de la moda teológica.
Estos documentos no se produjeron precipitadamente y no deberían revisarse precipitadamente. Sin embargo, nuestras confesiones no son inherentemente sacrosantas ni están por encima de la revisión y la mejora; y, desde luego, la historia de la Iglesia no se detuvo en el siglo XVII. Actualmente somos confrontados por errores por los cuales los que redactaron las grandes confesiones no fueron enfrentados y a los que no se refirieron explícitamente en las confesiones. Así pues, puede juzgarse necesaria la revisión, pero es una tarea a realizar con extremo cuidado.
Si en nuestro tiempo nos encargamos de la revisión de nuestras confesiones, debemos estar decididos a ir contra el espíritu de mucha de la moderna construcción confesional. Las declaraciones doctrinales modernas se construyen con un propósito diferente al de las antiguas confesiones.
Machen observó en sus tiempos: ‘Los credos históricos excluían el error; tenían el propósito de excluir el error; tenían el propósito de expresar la enseñanza bíblica en claro contraste con lo que se oponía a la enseñanza bíblica, con objeto de preservar la pureza de la Iglesia. Estas declaraciones modernas, por el contrario, incluyen el error. Están diseñadas para dar lugar en la Iglesia a cuantas más personas y tipos de pensamiento como sea posible.’
3. Al lado de nuestra apreciación por las grandes confesiones reformadas, debemos recordar que cada generación debe fundamentar su fe en la Biblia.
La fe de las personas no debe estar arraigada sólo en una lealtad a la confesión. En nuestras iglesias debemos buscar hacer seguidores de Cristo, no simplemente bautistas, o presbiterianos o reformados. La confesión no debe convertirse simplemente en una tradición que se sostiene sin ninguna convicción personal arraigada en la Palabra de Dios. Como observó el profesor Murray: ‘Cuando cualquier generación se contenta con confiar en su patrimonio teológico y rehúsa explorar por sí misma las riquezas de la revelación divina, entonces el declive está ya teniendo lugar y la heterodoxia será la porción de la siguiente generación.’
4. La cuestión de la honestidad sale a relucir cuando nos referimos al tema de las confesiones de fe.
Tanto para las iglesias como para los individuos, suscribir una confesión ha de ser un acto caracterizado por la integridad moral y la veracidad. ¿Quién discutiría la premisa de que una iglesia debe ser fiel a sus normas publicadas o que una persona debe ser lo que dice ser? Tristemente, sin embargo, muchas iglesias se han apartado de su confesión mientras pretendían estar adheridas a las antiguas normas. Y muchos ministros pretenden ser leales a la confesión de su iglesia, cuando realmente objetan a (o tienen serias reservas mentales acerca de) artículos particulares de fe.
Cuando una iglesia se aparta de las antiguas sendas, si no quiere volver, que abjure públicamente de su confesión. Si bien nos puede doler ver tal deserción de la verdad, y aunque los enemigos de la verdad puedan aprovecharse de la oportunidad para calumniar y despotricar, es sin duda mejor y más veraz que el que la iglesia continúe en la hipocresía. Y lo que es cierto de la vida colectiva es también cierto de la honestidad personal.
Samuel Miller argüía que suscribir un credo es una transacción solemne ‘en la que debemos embarcarnos con mucha y profunda deliberación y humilde oración; y en la cual, si el hombre está obligado a ser sincero en algo, está obligado a ser honesto para con su Dios, honesto para consigo mismo y honesto para con la iglesia a la que se une.’
Miller continúa diciendo: ‘En cuanto a mí, no conozco ninguna transacción en que la insinceridad es más justamente culpable del terrible pecado de “mentir al Espíritu Santo” que ésta.’
Para terminar, debo apelar a los pastores. La mayoría de nosotros afirmamos adherirnos a una confesión antes de imponérsenos las manos.
Hermanos, tenemos la solemne obligación ante Dios de andar en la unidad de la fe en la congregación en la que trabajamos. Si no podemos hacer esto honestamente, si nuestros puntos de vista cambian, deberíamos apartarnos y buscar un grupo al que podamos unirnos sin hipocresía. Si no estamos dispuestos a hacer esto, no somos irreprensibles e irreprochables; y, por tanto, estamos descalificados para el ministerio.
